domingo, 23 de septiembre de 2012

Entonces entendí que para estar con él debía surcar los siete mares a nado y esconderme entre las sombras hasta que el sol se ocultase tras el horizonte. Y no me cupo duda de que así lo haría. Volví la vista atrás, observando la multitud que ya comenzaba a despejar el puerto después de semejante alboroto, nadie parecía prestarme atención. Miré de nuevo su barco, rompiendo las olas, y a él en el timón, siendo uno con la mar. Decidí que desde ese momento yo era suya, y haría lo que fuera por hacérselo saber. Corrí bordeando el puerto, alejándome del tumulto que abarrotaba las puertas de salida del muelle,  hasta que encontré una escalera hacía el mar desierta, utilizadas para subir y bajar de las pequeñas barcas para turistas. Bajé a toda prisa los húmedos escalones que  me separaban de mi hogar y salté sin mirar atrás. Dejando que el agua se mezclara con mi piel, convirtiéndose en parte de mí. Convirtiéndome, de nuevo, en una sirena.

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